VELORIO DESVELADO


José Pedro, era un joven que lo conocía todo el barrio,  el velorio fue llevado a cabo en la casa de Doña Etelvina, que estaba preparada para este tipo de eventos. El cuarto estaba decorado con una luz fría tenue que le daba un tono mortuorio, que acompañaba el sentimiento. Candelabros metálicos a medio consumir, coronas de flores artificiales llenas de mugre y en el medio de la sala, el cajón lustroso del difunto. El murmullo constante del rezo del Rosario d mie las religiosas del barrio.


No sé en qué momento me dieron por muerto, pero es un hecho. Lo último que recuerdo es un dolor en el pecho causado por un fuerte golpe, mis compañeros gritando que llamen a la ambulancia. Después, nada. Hasta que desperté acá, es un decir porque tenía los ojos pegados, literalmente pegados los párpados. Quise gritar pero la boca no se abría por la misma razón. El corazón me golpeaba las costillas. ¿Estaba soñando? ¿Esto era el infierno? Probé mover un dedo. Se movió. Estaba vivo. Estaba vivo y me estaban velando.

En la sala el rezo continuaba sin parar. Uno que otro tenía gran congoja pero no se animaba a sacar afuera su sufrimiento. A mi lado sentía una presencia, no sé quién era pero transmitía paz. Finalmente sentí la señal de la Cruz en la frente y el Cura carraspeó y empezó otra oración. Fue cuando ante su cercanía al cajón pedí ayuda, pero sonó más bien a un gemido gutural, largo y arrastrado. No sonó a pedido de auxilio, sonó a queja.

Sentí pánico, mis articulaciones respondían pero no podía hacer ningún movimiento que quisiera realizar. Si no hacía algo para que se dieran cuenta que aún estaba vivo, me iban a enterrar como hubiera correspondido. Me imaginé la tierra golpeando la tapa del ataúd y mí precipitado final.

Con las fuerzas que tenía y en ese espacio reducido, sacudí el cajón. Apenas se movió, como si alguien lo hubiera rozado, pero no había nadie cerca. Entonces, las señoras del Rosario pararon su oración. El cajón se movió de nuevo, más fuerte. Como pude lo bamboleé de izquierda a derecha, hasta que finalmente el cajón se vino abajo. El silencio duró un segundo. Después, el caos. Las rezantes salieron disparadas del salón, las lloronas con cara despavorida. El Cura persignándose e invocando el nombre de Dios ¿Mis amigos? De mis amigos ni el aura sentí. Solo sentí un olor fétido y a formol que me penetró de golpe. Aire con gusto a muerto, pero aire al fin. 

Hice todo lo posible por levantarme del ataúd, pude sentarme pero sentía los brazos rígidos por estar en la misma posición, cruzados entrelazados por delante. Además estaba “ciego”, los ojos continuaban pegados. Gritos y llantos sólo se podían oír. El Padre fue el único que reaccionó. Agarró una botella de agua, no sin antes bendecirla y comenzó a tirarme con ella.


—¡Vade retro, Satanás, que no muerto estás! (gritó, y lo roció de arriba abajo.)


—¡No estoy poseído, Padre! (quise gritar, pero sólo salió otro de esos gemidos de queja.)


Sentí que la cosa empeoraba, incluso pensé que tenía razón y era un no muerto. Como pude llevé las manos a la cara, abrí los puños no sin antes escuchar el crujido de mis dedos tiesos. Al superar la anquilosis, me arranqué ese pegamento que no me permitía abrir los ojos. Cuando por fin pude abrirlos, vi a todos  los concurrentes, blancos, duros y mirándome como si yo fuera una aparición.

Tardaron más de media hora en entender lo que sucedió. No antes de la llegada del doctor, que me tomó el pulso con su mano temblando de miedo. Su diagnóstico fue una catalepsia y explicó que es un estado de muerte aparente.

En aquellas épocas donde se desconocía aún más la delgada línea entre la vida y la muerte. Desde ese día, los velorios no volvieron a ser lo que eran.

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